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29.1.06

El cobre chileno y el desarrollo planetario

El Cobre: imperativo del desarrollo nacional

Rector Ubaldo Zúñiga, Universidad de Santiago de Chile.


La sociedad del conocimiento, es hoy el tópico más citado en todo diagnóstico societal, pocos saben que es el epígrafe de la obra maestra de Taichi Sakaiya. Actual Ministro de Planificación y Desarrollo del Japón.

La idea rectora de Sakaiya para comprender las civilizaciones es lo que llama La empatía cerebral de las comunidades humanas con el recurso abundante de su entorno.

El cerebro, creación de la naturaleza, se vuelve sobre ella en di-a-logos. El primer logos, lítico y botánico, contiene inconsciente, los códigos alimenticios y los equilibrios básicos de la vida toda, el segundo logos, mental y simbólico, genera combinaciones complejas y desequilibrantes, de las que emergen la libertad creadora de la civilización.

Lo cerebral es más que los procesos de la masa craneana, es también la red de expansión infinita del lenguaje, que al mismo tiempo que nace del hombre hace al hombre, como flujo demiúrgico.

Desde siempre en todas las culturas, La Palabra se la ha comprendido como la participación evidente del hombre en la naturaleza divina. En efecto, en la red inmaterial de las palabras van descansando las ideas y conductas civilizatorias, pero aunque ingrávidas, son de tal poder que hoy pueden pulverizar a la materia más sólida y gigantesca.

Así las civilizaciones se escalaron desde
la madera en China e India;
de la piedra en Egipto y Mesopotamia,
del hierro y el carbón en la Europa moderna;
del petróleo en el Occidente contemporáneo;
de la electricidad y de la informática en nuestros días.

Como el recurso abundante ahora es el conocimiento materializado en información electrónica, el cerebro, siguiendo esta ley histórico-biológica, de empatía con el recurso abundante está generando una Civilización del Conocimiento, que comprime el espacio en el planeta,(fenómeno continúo desde hace cinco siglos) Pero también esta civilización electro-pensante, está densificando el tiempo de la historia a la instantaneidad del “tiempo real”.

Desde esta perspectiva de civilización, el cobre contiene dos grandes dimensiones para nosotros: La primera es que sin cobre la civilización de la información y del comercio planetario, es inviable. Y la segunda , se necesita muchísimo cobre para dar soporte “anatómico” a la noosfera pensante, y ese volumen está almacenado en las víscera telúricas de nuestra patria.

La civilización presente sólo es coherente si es planetaria, y será planetaria si puede “habitar” en una red de energía y transporte, que sólo el cobre puede materializar.

El cobre es necesario para la generación y distribución de los grandes flujos de energía eléctrica, que aún deben potenciar continentes enteros, en un futuro próximo.

El cobre es necesario en la “neurología” de las máquinas-lógicas.

El cobre es indispensable en el cableado “fisiológico” de los grandes motores que día y noche, trasladan mercaderías y personas, deslizándose por todos los meridianos y paralelos.

¡Sin el cobre chileno no habrá civilización planetaria del conocimiento!.

De manera que esta civilización emergente, ubica a Chile como dueño patrimonial del recurso material más preciado para el siglo que comenzamos. Nos ubica también, en el corazón de una nueva humanidad, ahora verdaderamente planetaria. Esto implica oportunidades enormes y riesgos, también enormes.

Si observamos bien: Este fenómeno se presenta germinal a comienzo de los años ochenta, Justo cuando Chile decidió reducirse a la más mínima expresión como protagonista cuprero y por tanto, como partícipe privilegiado de la Civilización Planetaria del Conocimiento. En esos mismos años, Chile promulgó un Acta de defunción de si mismo, como ente civilizatorio.

¿En qué consiste ese suicidio?

En la promulgación de la Ley Minera 18.097, que contiene el nudo de horca, llamado de concesión plena.

Cobardemente, en esa ley, Chile se enajena a sí mismo el cobre de por vida. En términos aún peores que el otro despilfarro histórico, que nos dejó en el subdesarrollo: la tragedia del salitre. (Esta situación específica de la concesión plena será analizada por expertos panelistas. Seguiremos atentamente la “crónica de la muerte anunciada” de nuestro país).

Pero analicemos nuestras fabulosas posibilidades:

La comercial es la mas obvia. Si el territorio chileno no es más que un cuarto de un centésimo del territorio del mundo, y guarda en su suelo casi el 40% de las reservas cupreras del planeta, se concluye que ningún otro país ha sido más favorecido en la historia, con la propiedad con algún recurso estratégico ¡SALVO UNO! Sólo un país, en el pasado puede equipararse a esta ventajosa situación del Chile cuprero de hoy.... Ese país es el Chile salitrero del siglo XIX.


Si trece países de la OPEP, deben concordar tantos intereses divergentes, para que unidos, incidan sólo en el 30% del comercio internacional del crudo. Y Chile, solitario, incide en más del doble del alcance de la OPEP, en su mercado internacional. Entonces no se entiende esta acomplejada política de comercialización. Simplemente es imposible entenderla, y las universidades deberemos indagar más y explicar más esta situación al país, porque es literalmente un suicidio nacional.

Otra oportunidad evidente es ese diálogo cerebral-empático con el recurso abundante de la civilización, que además es patrimonialmente nuestro. Dialogo del cual nosotros, las universidades deberíamos ser los primeros protagonistas. La investigación universitaria del cobre debiera ser una prioridad, pero esta indagación debe ser múltiple, abarcar esferas de la gestión, laboral, comercial, tecnológico, minero, político, deportivo, sanitario, ecológico, como campo holístico de reflexión.

La actividad cuprera de Chile no debe considerarse completa con la exportación de barro de mineral concentrado, debemos estudiar su refinación, su fundición, su tratamiento para la ductilidad micro-electrónica, por eso se requiere que en las grandes negociaciones políticas con las multinacionales y los Estados, como nación integremos estas posibilidades de expansión y profundización del negocio cuprero. Donde las universidades chilenas, pertinente e impertinentemente, intervengamos en la potenciación de los intereses de la patria.

Pero en esta materia hemos pecado todos de omisión, nada hemos hecho como universidades, para despertar de esta desidia cívica, que está dejando sin base material la esperanza necesaria de nuestra juventud.

La renta nacional, no es la simple diferencia entre costos y precio, es sobre todo, la calidad de las actividades humanas que ejercemos sobre nuestro entorno y recursos. Y el cobre es todo un horizonte de despliegue de nuestras capacidades de trabajo, de ciencia, de poder internacional, de significado en el concierto de la civilización planetaria. Si como dijimos, el cobre es el soporte anatómico a la fisiología de la nueva civilización, entonces debemos tener una cultura y una política pro-activa apoyada por las fuerza de nuestra propiedad cuprera. Debemos aprender a negociar asociaciones tecnológicas, políticas, de compensaciones en otras áreas de punta, con el cobre como ganzúa debiéramos entrar a todos los cenáculos políticos-empresariales y científicos, donde se está tejiendo el futuro: (inteligencia artificial, tecnología bióticas, etc). Pero nos comportamos como si nada pudiéramos ofrecer y por tanto, nada adicional podamos demandar del mundo.

Sólo nuestra ceguera histórica, nos impide ver que estamos en el umbral de un destino magnífico para nuestros hijos. Por ser el primer país cuprero, vamos en el centro del flujo que está modelando el futuro. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver.

En 1982 cuando estaba esbozándose la Sociedad del Conocimiento, el chileno que más defendió nuestro cobre, Radomiro Tomic Romero escribió:

“Dos equivocaciones de enorme magnitud fracturaron en el pasado el destino de Chile: La Patagonia fue la primera, el Salitre , la segunda... En ambas el factor decisivo fue el mismo: la extraña indiferencia, cuando no desconfianza de lo que somos como pueblo y lo que podríamos hacer con lo que tenemos. Esta desconfianza , este oculto complejo de inferioridad, ha sido llamado “la peor forma de subdesarrollo” porque abate la capacidad creativa de un pueblo – o más precisamente, de sus clases dirigentes – en su raíz misma. ¡Nadie hará sino aquello que crea que es capaz de hacer! Con escasas excepciones esa mentalidad despectiva para lo propio, y servil al extranjero, ha sido la mentalidad predominante en los estamentos de gobierno”

Y agregaba:

“Por tercera vez en 100 años, el país está a punto de malograr lastimosamente una oportunidad excepcional de superar el subdesarrollo y de incorporarse literalmente, a un nuevo horizonte histórico. Esta vez es el cobre el punto de apoyo para el salto cualitativo de la industrialización y de la modernización social...De las 3 oportunidades señaladas – la Patagonia, el Salitre y el Cobre – esta última será las más costosa, la más dolorosa y la más humillante de las opciones perdidas por el país”

No pertenezco a la familia espiritual del Sr Tomic, pero suscribo íntegramente este diagnóstico, y reconozco en este “quiebre del alma” que nos empequeñece frente a la historia, una responsabilidad y un desafío para la universidad.


Señoras, Señores: han pasado más de veinte años desde que Chile, con las concesiones plenas decidió anularse como país cuprero, salvo como enclave de extracción. Los resultados combinados de la Civilización del Conocimiento que entonces emergía y ahora es evidente, muestran la preciosa y esencial importancia del cobre para esta civilización. Por otro lado, la política suicida del Chile frente a su riqueza principal, nos exige un gesto de sana vitalidad nacional, abriendo el debate universitario sobre esta realidad, para que nuestra juventud decida con lucidez democrática, su posición frente al futuro que le pertenece.

Gracias
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